Visto desde las alturas, el extremo sur de Ibiza presenta una geometría peculiar. Entre el aeropuerto, Es Cavallet y la playa de Ses Salines, el habitual paisaje irregular mediterráneo da paso de repente a líneas rectas. Largos terraplenes dividen el terreno en estanques rectangulares poco profundos, junto a estrechos canales que transportan el agua de una cuenca a otra. Sus colores cambian según la profundidad, la salinidad, los microorganismos que contienen y la luz que reciben.

Hoy en día tendemos a considerar esta zona principalmente como un espacio natural. Ses Salines forma parte de un parque natural protegido, un importante humedal para las aves migratorias y es sin duda uno de los paisajes más emblemáticos de Ibiza.

Sin embargo, hay otra forma de ver ese mismo paisaje, ya que las salinas siguen en activo.

También se podría describir como una máquina, en la que su energía proviene principalmente del sol y su materia prima del mar. El terreno se ha dividido, canalizado y gestionado para que el agua se pueda concentrar hasta que algo que normalmente es invisible en su interior se vuelva lo suficientemente sólido como para amontonarlo con palas. Durante mucho tiempo, ese producto fue uno de los vínculos más significativos de Ibiza con el mundo exterior.

Desde nuestra perspectiva moderna, es fácil pasar por alto la sal porque es barata. Un paquete comprado en un supermercado apenas da una idea de la importancia económica que este mineral tuvo en su día. Sin embargo, antes de la refrigeración y del transporte modernos, el acceso a la sal tenía una relevancia que iba mucho más allá de condimentar los alimentos. Permitía conservar el pescado, la carne y muchos otros alimentos; a la vez que contribuía al abastecimiento de los barcos, favorecía el comercio de dichos alimentos y proporcionaba a los gobiernos un recurso que resultaba fácil de controlar y de gravar.

En el caso de Ibiza, la historia se remonta al menos a la época en que los colonos fenicios se establecieron en la isla hace más de 2.600 años. Cómo utilizaban exactamente las salinas es más difícil de determinar de lo que a veces se sugiere, ya que existe una brecha entre lo que es muy plausible y lo que la arqueología ha demostrado realmente. Pero a diferencia de lo que parece, esa brecha hace que la historia resulte más interesante.

¿Por qué era valiosa la sal si el mar estaba lleno de ella?

Hay un problema aparente con la idea de que la sal fuera un bien valioso: Ibiza está rodeada de agua de mar. En un clima cálido, el agua salada que se deja en un charco poco profundo acaba evaporándose. ¿Por qué habría de ser valioso un aparente residuo?

La respuesta empieza por la diferencia entre una materia prima y un producto utilizable. El agua de mar era abundante, pero antaño la producción de sal a gran escala requería una combinación de condiciones bastante inusual. Tenía que haber terrenos llanos adecuados, una evaporación intensa, un suministro manejable de agua de mar, relativamente poca lluvia durante las fases críticas del ciclo de producción y el espacio suficiente para trasladar la salmuera entre las diferentes zonas. Además, los estanques y canales requerían mantenimiento y, después de su recolección, la sal debía recolectarse, mantenerse seca, almacenarse y transportarse. El agua de mar era gratuita, pero una salina fiable no lo era tanto.

El sur de Ibiza ofrecía unas condiciones geográficas favorables para la producción de sal. Benjamí Costa Ribas y Carmen Alfaro Giner, en su estudio sobre la sal, la pesca y el pescado salado en las Pitiusas, describen las condiciones naturales de Ibiza y Formentera como especialmente adecuadas para la obtención de sal marina. También destacan la calidad misma del producto, reconocida históricamente.

Esta distinción ayuda a explicar una aparente paradoja económica. La escasez no significa que la sustancia en cuestión tenga que ser rara en la Tierra. Lo que importa es cuánta cantidad de ella se puede obtener, de forma útil, en un lugar concreto y a un coste determinado.

Un marinero puede estar rodeado de agua de mar y sufrir escasez de agua potable. La sal funciona al revés: se encuentra disuelta prácticamente en todo el mar, pero convertirla en toneladas de cristales limpios, secos y transportables requiere de un paisaje adecuado, una infraestructura y una organización considerable.

La distancia a rutas comerciales y puertos también era importante. En el interior del territorio, cada etapa adicional de transporte suponía más mano de obra y más costes, ya que la sal es pesada. El hecho de tener acceso directo al transporte marítimo resultaba especialmente importante, reduciendo aún más los emplazamientos viables para la producción de sal a mayor escala.

En el caso de Ibiza, se trataba de una combinación afortunada: la sal se podía producir justo al lado del mismo Mediterráneo que, a su vez, ofrecía una ruta directa hacia compradores lejanos. Es decir, el mar proporcionaba ambos: la materia prima y una vía de transporte barata y eficiente.

La sal servía para algo más que dar sabor a los alimentos

El valor de la sal resulta más fácil de comprender cuando dejamos de verla como algo que se espolvorea sobre un plato ya preparado.

Uno de los problemas fundamentales de una economía preindustrial era el deterioro de los alimentos. El pescado y la carne podían perder gran parte de su valor si no se consumían rápidamente. Las cosechas y las capturas eran estacionales, mientras que la gente necesitaba alimentarse durante todo el año. Los largos viajes agravaban este problema.

La salazón era uno de los diversos métodos de conservación utilizados en el mundo antiguo, junto con el secado, el ahumado, la fermentación y el encurtido. Sus consecuencias fueron tanto económicas como culinarias.

El proceso funciona porque la sal extrae parte del agua del alimento y reduce el agua disponible para los microorganismos, frenando considerablemente su crecimiento. Bien salado (y, a menudo, también secado) un pescado podía conservarse durante varios meses, en vez de solamente unos días. Otras técnicas tradicionales comparables permiten alcanzar hasta alrededor de seis meses en condiciones adecuadas. Antes de consumirlo, el exceso de sal podía eliminarse lavándolo y dejándolo en remojo en agua dulce, a veces cambiando el agua varias veces, antes de cocinarlo o utilizarlo en otra preparación.

Por lo tanto, gracias a la salazón, los alimentos conservados podían durar más tiempo entre su producción y su consumo. Ya no era necesario consumir una gran captura casi de inmediato. Algunos productos podían transportarse mucho más lejos de su lugar de origen y, al mismo tiempo, los barcos podían llevar provisiones para viajes más largos.

La sal aumentaba el valor de otros bienes. Un pescado era una mercancía y la sal era otra, pero si se combinaban ambas mediante el procesamiento, el envase y el transporte, el resultado podía convertirse en un producto apto para el comercio a larga distancia. Por tanto, la sal hizo que los alimentos pudieran trasladarse de dos formas nuevas: a través de la geografía y a través del tiempo.

El mundo fenicio occidental y, posteriormente, el púnico desarrollaron importantes industrias en torno al procesamiento del pescado y los productos salados. Las investigaciones arqueológicas sobre estas industrias describen redes que abarcaban la pesca, el procesamiento, la fabricación de recipientes, el comercio y el transporte marítimo. Se trataba de más que una única actividad aislada.

Esa distinción resulta especialmente útil cuando volvemos a Ibiza. Si la sal era importante para la economía antigua de la isla, su relevancia no se mediría solo por la cantidad de sal en bruto exportada. La sal también podía sustentar otras actividades: los pescadores necesitaban equipamiento, los productos conservados requerían recipientes, las ánforas requerían alfareros y hornos. Asímismo, la carga necesitaba almacenamiento, las mercancías tenían que llegar a un lugar de desembarque y ser cargadas en embarcaciones, los barcos requerían tripulaciones, reparaciones y conocimiento de las rutas y las condiciones meteorológicas, etc. Así es como un recurso sencillo, pero de gran importancia por su utilidad, comienza a crear un ecosistema económico a su alrededor.

¿Se convirtió la sal en dinero?

La sal también tiene la fama de que en su día fue dinero. Hay algo de verdad en esta idea, pero la versión más conocida es demasiado simplista.

La sal se ha utilizado directamente como medio de intercambio en determinadas sociedades, y en otros lugares ha funcionado como un producto muy cotizado o como forma de pago directa. Pero sería engañoso imaginar que en el Mediterráneo antiguo se utilizaban, en general, bloques de sal en lugar de monedas.

No obstante, la pregunta más interesante es cómo la sal podía haber adquirido en ocasiones cualidades similares a las del dinero.

Un medio de intercambio útil se beneficia de ser reconocible y divisible, debe conservarse razonablemente bien durante el almacenamiento y, por supuesto, otras personas deben desearlo. Lo ideal era que la demanda se extiendiera más allá de un pequeño grupo de compradores.

Resulta que la sal cumplía sorprendentemente bien estos requisitos: se podía dividir sin perder su utilidad básica; si se almacenaba adecuadamente, se mantenía en buen estado durante períodos muy largos; era fácilmente reconocible; la mayoría de las sociedades la necesitaban y parte de esa demanda se renovaba continuamente porque la sal se consumía.

Pero había otro fenómeno inusual: el grano era esencial, pero perecedero; el oro era duradero y escaso, pero en gran medida no consumible. La sal se situaba entre ambos: se conservaba bien, pero se iba consumiendo continuamente, aportando esto a una relativa escasez (tal vez el atributo más importante del dinero). Esto ayuda a explicar por qué la sal podía funcionar como un bien de intercambio fiable incluso cuando no era oficialmente reconocido como dinero.

La famosa conexión entre la sal y la palabra «salario» también debe abordarse con cautela. La palabra deriva, en última instancia, del latín salarium, un término relacionado con la sal. La afirmación tan repetida de que a los soldados romanos se les pagaba simplemente con sal es bastante menos cierta que la propia conexión etimológica. Incluso las fuentes académicas y de referencia modernas difieren sobre hasta qué punto debe interpretarse literalmente esa conexión. No obstante, podemos decir con certeza que la sal sí era lo suficientemente importante en la vida económica romana como para dejar una huella lingüística relacionada con el pago.

Pero su importancia política iba más allá: la sal era un bien atractivo para las autoridades porque su producción solía concentrarse geográficamente, mientras que la demanda estaba muy extendida. Un gobierno no necesitaba buscar sal en cada uno de los puntos de intercambio, sino que bastaba con controlar la zona de producción, la ruta de distribución o el punto de venta para que gran parte del comercio quedara al descubierto.

Por lo tanto, la sal se convirtió en repetidas ocasiones en una fuente de tributación, monopolio y control político. Esto quedará especialmente claro en la historia posterior de Ibiza.

Los fenicios, Sa Caleta y el enigma de las salinas desaparecidas

La tentación más fuerte a la hora de narrar la historia antigua de Ses Salines es escribir una frase concisa:

«Los fenicios llegaron y construyeron las salinas».

Pero eso no lo sabemos.

El primer asentamiento fenicio identificado con certeza en Ibiza es Sa Caleta, en la costa sur. La UNESCO sitúa la primera ocupación fenicia en el siglo VIII a. C. El asentamiento fue abandonado posteriormente, hacia principios del siglo VI a. C., a medida que la población se desplazaba hacia el emplazamiento de la actual ciudad de Ibiza.

A apenas 1500m., Sa Caleta se encuentra muy cerca del paisaje dedicado a la producción de sal. Es comprensible que esa relación geográfica haya llamado la atención. La propia evaluación oficial de la UNESCO menciona la ubicación del asentamiento cerca de las salinas, mientras que la interpretación arqueológica de su economía incluye la pesca y la explotación de los recursos cercanos. Entre los hallazgos arqueológicos se encuentran anzuelos, y el carácter marítimo general del asentamiento está bien establecido. La ubicación también situaba a sus habitantes junto a un paisaje apto para la producción de sal. Estos hechos hacen que la conexión entre el asentamiento, la pesca y la sal resulte económicamente convincente.

Sin embargo, la pieza del puzzle que faltaría son restos arqueológicos de la infraestructura en sí. Costa Ribas y Alfaro Giner ponen de manifiesto este problema. A pesar de las condiciones naturales propicias de las Pitiusas y de su larga tradición histórica relacionada con la sal, no se han identificado pruebas arqueológicas directas de instalaciones de producción de sal de origen fenicio-púnico, y ni tan siquiera romano, que permitan reconstruir con certeza las antiguas salinas.

Por lo tanto, los estanques rectangulares que se pueden ver hoy en día no deben interpretarse como ejemplos conservados de ingeniería fenicia.

Lo más probable es que la producción de sal comenzara de forma mucho más sencilla y sufriera cambios repetidos, de manera más o menos análoga a lo que ocurrió con la arquitectura del agua en Ibiza. Las depresiones naturales del litoral podían concentrar el agua de mar incluso antes de que existiera una infraestructura compleja. Los fenicios, sin embargo, no llegaron a Ibiza sin conocimientos sobre la explotación de la sal: su producción está documentada en otros lugares del mundo fenicio-púnico y formaba parte de una tradición técnica y comercial que ya conocían. En Ibiza, ese conocimiento pudo aplicarse sobre un paisaje que ya producía sal de forma natural, mejorándolo progresivamente mediante el control del agua, la separación de las cuencas, el levantamiento de terraplenes, la excavación de canales y el aumento de la superficie productiva. Lo que desconocemos es cuánto de ese proceso ocurrió ya durante la primera ocupación fenicia y cuánto corresponde a ampliaciones de los siglos posteriores.

Más tarde, a lo largo de los siglos, una generación hereda las modificaciones de otra. El resultado se asemeja menos a un edificio con una fecha de construcción y más a un paisaje con una biografía. Sabemos que las salinas eran antiguas. Actualmente no podemos reconstruir la versión fenicia de las mismas.

Esta misma forma de crecimiento ayuda a explicar por qué resulta tan difícil encontrar hoy una “salina fenicia” claramente delimitada. Las salinas son una infraestructura especialmente poco favorable para conservar intacta su planta original durante milenios. Su funcionamiento exige reparar y reconstruir periódicamente diques, canales, separaciones entre estanques y zanjas; además, la superficie productiva de Ses Salines se fue ampliando con el tiempo, especialmente a partir del siglo XIX. Costa Ribas y Alfaro Giner consideran que estas transformaciones posteriores pudieron ocultar buena parte del trazado antiguo. En una infraestructura de este tipo, seguir utilizándola puede acabar borrando precisamente las fases más antiguas de su propia historia.

Existe, sin embargo, una pista arqueológica singular en la ubicacióno de Sal Rossa. En los terraplenes que delimitaban antiguas balsas salineras aparecieron varias puntas de flecha junto a cerámicas y monedas que abarcan el periodo fenicio-púnico. Según el estudio de Costa Ribas y Alfaro Giner, es el lugar de toda la isla donde se ha encontrado la mayor concentración de este tipo de proyectiles: once pertenecen al periodo arcaico y cuatro al púnico, y por su tipología se consideran armas de guerra, no de caza. Los autores plantean con cautela la posibilidad de que puedan reflejar algún tipo de control o defensa militar de las salinas desde las primeras fases de la presencia fenicia. No constituye una prueba concluyente, pero sí introduce una pregunta sugerente: si este recurso necesitaba ser protegido, ¿qué valor económico había adquirido ya por aquel entonces?

Qué nos pueden aportar otros centros fenicios —y qué no

En este punto, la comparación resulta útil, siempre y cuando se identifique claramente como tal.

Costa Ribas y Alfaro Giner amplían su mirada más allá de Ibiza hacia otros centros fenicios y púnicos donde los datos son más abundantes. Analizan inscripciones de lugares como Chipre, Cartago y Cerdeña que parecen vincular a funcionarios con la producción o el comercio de la sal. También comparan el papel geográfico de las Pitiusas con el de otros centros productores de sal del Mediterráneo.

Esto nos indica que la explotación organizada de la sal era totalmente compatible con el mundo económico al que pertenecía la antigua Ibiza.

Pero no demuestra que Ibiza utilizara el mismo sistema administrativo, ya que no se conserva ningún documento que nombre a un funcionario para supervisar las salinas ebusitanas en la época fenicia. No sabemos si el recurso pertenecía a un templo, a una autoridad política, a grupos mercantiles, a familias o a alguna combinación cambiante de intereses.

La comparación nos ofrece posibilidades más que respuestas. Aun así, resulta valiosa. La arqueología suele ser desigual. Un yacimiento puede conservar una inscripción, pero carece de una instalación industrial; mientras otro conserva cerámica, pero no registros contables; un tercero cuenta con un complejo salinero, pero hay pocos indicios de quién lo controlaba.

Analizados en conjunto, los yacimientos comparables pueden mostrar la variedad de sistemas que existían. En el caso de Ibiza, la conclusión importante es bastante modesta: la producción de sal no era meramente una actividad secundaria. Formaba parte, de manera natural, de la economía marítima del Mediterráneo occidental fenicio y púnico.

¿Qué puede vender una isla pequeña?

Ibiza tiene otra limitación económica que es fácil pasar por alto. Es una isla de apenas unos 570 kilómetros cuadrados. La tierra productiva es limitada, ya que en su mayoría es montañosa. Lo mismo ocurre con los bosques, el agua dulce y muchas materias primas. Una población que viva exclusivamente de lo que puede producir un territorio así acabará topándose con sus límites.

Sin embargo, el comercio cambiaba la ecuación. Una isla no necesitaba producir todo lo que consumían sus habitantes si poseía algo que se deseaba en otros lugares. La sal resulta especialmente útil en este contexto porque su producción no requería sacrificar tierras agrícolas fértiles, como podría ser el caso de la expansión del cultivo de cereales. El recurso se encontraba en un entorno costero, con un valor propio y peculiar: el agua de mar, la evaporación y un terreno llano.

Esto no significa que la sal por sí sola creara la prosperidad de la antigua Ibiza. La isla contaba con agricultura, pesca, producción artesanal y otras exportaciones. Además, su ubicación en las rutas marítimas del Mediterráneo occidental era de enorme importancia. Pero un recurso demandado, exportable y de suministro fiable ofrecía opciones de otra categoría.

Los datos arqueológicos muestran que la Ibiza fenicia y púnica estaba lejos de estar aislada. La UNESCO describe Sa Caleta y Puig des Molins como pruebas del importante papel que desempeñó la isla en la economía mediterránea durante el periodo fenicio-cartaginés.

A medida que se desarrollaba el asentamiento, Ibiza se fue integrando en las rutas comerciales que llegaban hasta la costa ibérica y otras partes del Mediterráneo occidental. Las ánforas, la cerámica y otros hallazgos documentan estas relaciones con mayor fiabilidad que cualquier libro de cuentas que se haya conservado.

Se suele decir que Ibiza «exportaba sal».

La pregunta más interesante es qué beneficios reportaba esa participación en el comercio.

No podemos coger un recipiente de cerámica importado y demostrar que se compró con los ingresos de un envío concreto de sal. El comercio antiguo no nos deja una factura con ese nivel de detalle. Pero una economía basada en la exportación proporcionaba a una pequeña isla acceso a recursos y productos acabados que no se podían producir fácilmente en el propio territorio.

Por eso las exportaciones son importantes más allá del comerciante que las vende, ya que permiten intercambiar un bien en abundancia local por lo que escaseaba en la isla.

La sal, la pesca y una economía más especializada

Hay otra posibilidad que merece la pena considerar detenidamente.

Una sociedad que produce únicamente para su subsistencia inmediata tiene un margen limitado para la especialización. Una sociedad que genera excedentes y los intercambia puede mantener a personas cuyo trabajo se vuelve cada vez más específico.

La sal y el pescado en conserva constituyen un buen ejemplo, ya que la cadena de producción se extiendió rápidamente más allá de la persona que recolectaba cualquiera de estos recursos.

Las investigaciones sobre las industrias púnicas de procesamiento del pescado en otras zonas del Mediterráneo occidental identifican la pesca, el salado, la producción de recipientes de cerámica, el comercio y el transporte marítimo como actividades interrelacionadas. El crecimiento de tales industrias podía aumentar la división del trabajo y la especialización profesional.

Sería exagerado afirmar que la población de Ibiza creció gracias a la sal, o que su desarrollo urbano pueda explicarse por una industria salinera que no podemos cuantificar arqueológicamente. No obstante, el mecanismo económico es importante.

Si Ibiza producía bienes para mercados externos, las consecuencias podrían extenderse por toda la economía local. Unos habitantes fabricaban recipientes, otros se encargaba del mantenimiento de las embarcaciones, otros transportaban la mercancía, otros organizaban el intercambio, etc. Los pescadores y los productores agrícolas podían abastecer a personas que dedicaban más tiempo a otras tareas. Este es precisamente un ejemplo de ecosistemas que llevaban a la especialización del trabajo y, por ende, a mayor productividad y comercio de excedentes, lo que a su vez beneficiaba a la sociedad local en su conjunto.

Una sociedad comercial se va volviendo más compleja poco a poco, a medida que surgen nuevas ocupaciones. Quizá esta sea una mejor forma de plantearse el posible papel de la sal en el desarrollo inicial de la isla.

La geografía marcada por una mercancía pesada

La sal tiene otra característica que ha marcado su historia: es voluminosa y pesada.

Un saco de sal no es una joya ni un tinte raro. Si hay que mover una cantidad suficiente, el transporte pasa a suponer una gran parte de su coste. Esto confiere a la producción costera una ventaja importante.

Mucho antes de que existieran las carreteras modernas y los motores, una embarcación podía transportar carga a granel más lejos y de forma más eficiente que los repetidos viajes por tierra realizados por personas y animales. Las salinas de Ibiza se encontraban junto a un mundo marítimo ya consolidado.

Esto es relevante al analizar el sur de Ibiza, ya que el paisaje requería conexiones entre la producción y el transporte acuático. El uso histórico posterior de los embarcaderos costeros en torno a las salinas pone de manifiesto esta relación. Los estudios arqueológicos sobre los fondeaderos secundarios de Ibiza mencionan, por ejemplo, Sa Sal Rossa como un embarcadero asociado a las salinas, al tiempo que señalan las limitaciones que su poca profundidad imponía a las embarcaciones de mayor tamaño.

No todos los vestigios físicos de diferentes épocas deben proyectarse hacia la antigüedad. Pero el problema logístico es atemporal.

La geografía económica surge del movimiento de un producto. La sal tenía que salir de la salina y, partir de ahí, surgían las rutas. Las salinas se conectaban con caminos y éstos conducían a lugares de almacenamiento o carga. Los puntos de embarque, a su vez, se conectaban con los barcos y los barcos conectaban la isla con mercados que quizá nunca hubiesen llegado a ver el paisaje de donde procedía la sal.

Visto así, Ses Salines era más grande que las salinas visibles. Su huella histórica se extiende a carreteras, edificios, puertos, embarcaciones y relaciones comerciales.

Un recurso lo suficientemente valioso como para gobernar

Las pruebas se van consolidando a medida que avanzamos en el tiempo.

Tras la conquista catalana de Ibiza en 1235, la sal ya no era, evidentemente, un producto marginal. Las salinas aparecen como un recurso económico fundamental en la organización medieval de la isla, y los ingresos procedentes de la sal acabaron estando estrechamente vinculados al gobierno local.

La creación de la Universitat de Ibiza a finales del siglo XIII dotó a la isla de una institución de gobierno local cuyas finanzas estaban estrechamente vinculadas a los ingresos generados por la sal. Los detalles fueron cambiando con el tiempo, al igual que los derechos relacionados con la producción y la venta, pero la idea general es difícil de pasar por alto: un mineral costero se había convertido en parte de la estructura fiscal de la isla.

Estas pruebas posteriores no demuestran que los gobernantes fenicios organizaran la sal de la misma manera, pero sí que revela algo sobre el propio recurso: una vez que existe una salina productiva, el poder político la tomaba muy en serio.

La producción estaba concentrada geográficamente, el producto era fácilmente cuantificable y las rutas de exportación pasaban por puntos identificables. En comparación con intentar gravar miles de pequeñas transacciones dispersas, la sal ofrecía a las autoridades un cuello de botella económico visible.

La historia de los impuestos y el monopolio de la sal, mucho más allá de Ibiza, muestra lo atractiva que podía resultar esa combinación. En Ibiza, el control de las salinas se entrelazó repetidamente con la cuestión de quién se beneficiaba de uno de los recursos más fiables de la isla.

Las salinas nunca se terminaron

Resulta tentador imaginar las industrias antiguas como algo que se creó en su momento y que luego se heredó sin cambios.

Ses Salines no encaja en esa imagen. El paisaje salino se modificó en repetidas ocasiones a medida que cambiaban los métodos, la propiedad, la mano de obra y la tecnología. El gran sistema geométrico que se aprecia hoy en día es el resultado de intervenciones acumuladas, más que de un plano conservado desde la antigüedad.

Esa distinción es importante porque cambia lo que entendemos cuando calificamos a Ses Salines de «antiguo». Su antigüedad radica principalmente en la continuidad de su uso, no en que cada muro o estanque que se conserva sea antiguo.

De hecho, esto ha sido lo habitual entre los paisajes productivos: las terrazas agrícolas se reparaban, los sistemas de riego se cambiaban de curso, los puertos se dragaban o ampliaban, los caminos se desplazaban, etc. Las salinas se comportaron de la misma manera. Los principios físicos fundamentales apenas cambian, mientras casi todo lo que rodea a ese proceso sí lo hizo: las personas mejoraron el control del agua, los estanques se ampliaron o subdividieron, las bombas sustituyeron a los métodos más antiguos de trasvase de agua, las vías férreas y, más tarde, los camiones modificaron el transporte de la sal extraída. Asímismo, las infraestructuras de almacenamiento y carga se vuelven más eficientes.

En el siglo XIX, las salinas entraban en una fase más claramente industrial. La propiedad y la gestión cambiaron, incluida la venta de las salinas estatales a manos privadas en 1871, tras lo cual las nuevas inversiones y las infraestructuras transformaron aún más la producción.

Esta historia posterior nos aporta algo que la arqueología no puede proporcionar sobre el primer milenio a. C.: documentación de cómo las personas modificaban deliberadamente el paisaje para aumentar la productividad.

Por lo tanto, sería sorprendente que las sociedades anteriores no lo hubieran alterado también. Simplemente, todavía no podemos reconstruir sus intervenciones con la misma precisión.

De cientos de salineros a una industria mecanizada

La transformación más radical del trabajo en Ses Salines llegó entre finales del siglo XIX y mediados del XX. Tras la privatización de las salinas en 1871, la explotación entró en una etapa de fuertes inversiones. A partir de 1885, bajo la dirección del ingeniero Eugeni Molina, se reconstruyeron estanques y motas, se desviaron aguas de lluvia, se abrieron nuevos canales y se modernizó el transporte. En pocos años, las instalaciones empezaron a parecerse mucho más a las salinas que conocemos hoy.

Una de aquellas innovaciones fue especialmente singular para Ibiza. En 1896 se instaló una pequeña red ferroviaria que comunicaba los estanques y las zonas de almacenamiento con el embarcadero de Sa Canal. Fue el único ferrocarril que llegó a funcionar en la isla. Sus vagonetas permitían desplazar grandes cantidades de una mercancía especialmente pesada sin tener que transportarla íntegramente a fuerza de brazos o a caballo. El ferrocarril sobrevivió hasta 1972, cuando fue sustituido por tractores con remolque; algunos restos de las vías todavía pueden encontrarse en el entorno de las salinas.

Aun así, durante buena parte de la primera mitad del siglo XX la cosecha continuó dependiendo enormemente de las personas. La extracción se concentraba al final del verano y movilizaba a trabajadores procedentes de distintos puntos de Ibiza, muchos de ellos campesinos que encontraban allí una fuente temporal de ingresos una vez terminadas otras tareas agrícolas. La sal se rompía y recogía manualmente y se transportaba en grandes cestos hasta las vagonetas o los lugares de acopio. En sus épocas de mayor actividad, la industria llegó a emplear alrededor de un millar de personas; las estadísticas oficiales incluso registraron cifras superiores en algunos años.

Este sistema cambió decisivamente a partir de 1955, cuando Salinera Española comenzó a mecanizar también la propia extracción. La maquinaria podía realizar con un pequeño equipo permanente gran parte del trabajo que antes exigía centenares de trabajadores estacionales. No fue necesario que la producción desapareciera para que desapareciera el antiguo oficio, sino más bien que las mismas cantidades de sal podían recogerse con una fracción de la mano de obra.

Al mismo tiempo estaba cambiando la economía que rodeaba a las salinas. El desarrollo del turismo desde finales de los años cincuenta y, sobre todo, durante los sesenta ofreció empleos considerablemente mejor pagados a muchos ibicencos. Algunos antiguos trabajadores de la salinera recuerdan haber abandonado el sector por los salarios que podían obtener en hoteles y otros negocios turísticos. Y también estaba cambiando el mercado de la propia sal: la refrigeración eléctrica y los buques congeladores redujeron progresivamente la enorme demanda que la industria pesquera había tenido durante siglos para conservar sus capturas. Salinera Española respondió buscando otros mercados y usos para su producto.

Por tanto, no parece que la extracción manual terminara por un único colapso del precio de la sal ni por una interrupción de la producción. Las salinas de Ibiza siguieron produciendo durante esta transición. Fue más bien el encuentro de dos transformaciones: las máquinas necesitaban cada vez menos mano de obra y la nueva economía turística ofrecía a esa mano de obra trabajos más atractivos. La sal siguió saliendo de Ibiza; lo que desapareció casi por completo fue la multitud de salineros que durante generaciones había hecho posible su cosecha.

De paisaje de explotación a paisaje protegido

De forma casi irónica, siglos de producción de sal crearon y mantuvieron un extenso paisaje de humedales abiertos en el sur de Ibiza. En el siglo XX, cuando la presión urbanística en el resto de la isla aumentó drásticamente, Ses Salines adquirió otro tipo de valor.

La protección ecológica cobró cada vez más importancia a partir de la década de 1970. La zona recibió sucesivas medidas de protección legal y, finalmente, fue declarada Parque Natural de Ses Salines d’Eivissa i Formentera en 1999. Sus salinas también están reconocidas en el marco de la Convención de Ramsar como humedales de importancia internacional.

Sus aguas altamente salinas, los humedales circundantes y los cambios estacionales sustentan ecosistemas especializados y proporcionan zonas de alimentación y descanso a numerosas especies de aves. La documentación oficial del parque recoge alrededor de 210 especies de aves, entre las que se incluyen flamencos, cigüeñuelas comunes, chorlitos patinegros y otras aves migratorias y residentes.

Esto da lugar a una superposición inusual, al ser el paisaje industrial y ecológico al mismo tiempo. A pesar de haber sido manipulado por el ser humano durante generaciones, se ha convertido en uno de los espacios naturales protegidos más importantes de Ibiza.

La aparente contradicción desaparece en cuanto dejamos de considerar lo «natural» y lo «artificial» como opuestos. Algunos paisajes son el resultado de una larga negociación entre ambos.

La historia que quedó escrita en el paisaje

Hoy en día, la importancia económica de la sal ha disminuido hasta el punto que más de un visitante puede pararse junto a Ses Salines sin pensar en nada de esto. Lo que llama la atención, en cambio, son las aguas tranquilas, el color de las salinas, las aves, el horizonte llano y el inusual vacío de una gran extensión del sur de Ibiza.

Ses Salines ha sobrevivido precisamente porque nunca permaneció inmóvil. Lo que comenzó como un entorno costero naturalmente favorable para la formación de sal pudo convertirse muy pronto en un paisaje productivo; fue ampliado y reorganizado por generaciones sucesivas, administrado como un recurso fiscal durante siglos, industrializado en el XIX, recorrido por el único ferrocarril de Ibiza y finalmente mecanizado hasta necesitar solo una pequeña parte de la mano de obra de antaño.

Cada época dejó algo y borró otra cosa: los nuevos estanques cubrieron trazados anteriores; la maquinaria sustituyó a los salineros y los tractores al ferrocarril; la refrigeración redujo algunos de los usos que habían hecho de la sal un producto estratégico. Incluso su función volvió a cambiar cuando, en el último tercio del siglo XX, el mismo territorio explotado durante siglos empezó a ser protegido por su valor ecológico.

Por eso resulta difícil asignar a Ses Salines una única identidad. Es humedal, industria, patrimonio, ecosistema y archivo histórico al mismo tiempo. Los principios físicos que la hicieron útil apenas han cambiado: una llanura costera, agua de mar, sol y evaporación. Alrededor de ellos, en cambio, se puede leer buena parte de la historia económica de Ibiza.

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